Desde pequeños, los que hemos tenido la
dicha de nacer en familias luchadoras, recibimos de nuestros padres la idea, errónea
o no, de querer alcanzar grandes riquezas cuando lleguemos a la adultez. La
idea no está del todo mal, sobre todo porque vivimos en una sociedad dominada
por el consumismo y las apariencias, por lo que tener algo de dinero en el
banco no nos quita ventaja en la carrera de la vida.
De ahí que, cuando tenía 15 años y estaba
por terminar el bachillerato, me prometía a mi mismo que tendría mi primer
millón cuando cumpliera los 21 años. La verdadera historia, aquella que se
compone de la realidad y del esfuerzo que amerita trabajar para alcanzar esa
cifra, es que tengo 23 y aun no he conseguido ese primer millón.
La primera idea que tendría cualquier
persona es que a estas alturas debo estar decepcionado de mí, de no haber
alcanzado una meta y de haber fracasado en el intento por tan solo llegar a una
“X” cantidad de dinero. ¿Sabes cuál es la verdad? Tanto aquel que piensa de esa
forma, como mi yo de hace varios años, estábamos equivocados.
En la vida hay metas más importantes que tener
un millón de pesos a los 21 años; pero no me juzgo por pensar de esa forma en
mi adolescencia, pues fue el transcurrir de los años quien me enseñó a cambiar
mis metas y objetivos hacia un mundo más realista.
Sin embargo, a los 21 años estaba
terminando mi primera carrera, trabaja en mi propio negocio y generaba ventas
que lograban las 5 cifras (al menos me acerqué un poco), todo gracias a que
pude identificar a tiempo cuáles debían ser mis verdaderas metas y prioridades.
La clave… está en nunca decirte a ti mismo que
no puedes independientemente de si logras algo que te propongas o no. Más que
rendirte y sentirte fracasado en la vida, date la oportunidad de replantearte
tus sueños, tus metas y objetivos a corto, mediano y largo plazo. Pregúntate de
vez en cuando ¿realmente estoy trabajando por lo que quiero? ¿realmente lo
quiero es lo que importa?
No puedo mentir diciendo que no quiero
tener mi primer millón, pero me enorgullece saber que ya no es una de mis prioridades,
pues ahora lo veo como una consecuencia de mis acciones diarias en pos de
alcanzar mis metas.
Es tan simple como eso: “Nunca digas que no puedes” y aprovecha los tropiezos en la vida, no para desechar tus sueños, sino para cambiar de estrategia.

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